sábado, 7 de enero de 2012

Me aburro

Desde pequeño he sufrido de tremendos ataques de aburrimiento. Ya en el colegio, las profesoras le decían a mis padres que cuando aprendía a hacer algo rápidamente perdía el interés y, lógicamente, mi rendimiento disminuía a la misma velocidad. Este curioso efecto de "generación de aburrimiento automática" me ha seguido sucediendo a lo largo de mi vida.
Las ratas no se aburren. Exploran y exploran, encontrando una gran satisfacción en cada rincón del laberinto, incluso cuando éste no les trae más que disgustos. Por ejemplo, si llenamos un laberinto de trampas y hacemos que cada vez que pase la rata por ellas reciba una descarga eléctrica, el sufrido animal dejará de recorrer los pasillos y se limitará a los espacios libres de trampas. Incluso podemos aumentar el número de trampas hasta hacer que la rata ya no se mueva de su sitio para evitar el dolor. Lo curioso es que, aunque a priori parezca que la rata ha aprendido a estarse quieta, el efecto que se ha producido es justamente el opuesto. Así al cambiar al animal de laberinto, la conducta de exploración de la rata será mayor que en el laberinto anterior. Este hecho muestra que el roedor ha visto reforzada su conducta exploratoria inicial por las propias trampas. Pero ¿cómo es posible que un estímulo doloroso que ha terminado por obligar al animal a permanecer inmóvil sea capaz de reforzar la conducta que condujo al animal hasta él?.  Podemos jugar a imaginar la respuesta que daría la propia rata:
Pregunta: ¿Dígame señora rata, cómo tiene usted valor para recorrer el segundo laberinto sabiendo, como sabe, lo peligrosos que son?
Respuesta: Explorar me ayuda a conocer mi medio. Explorando puedo encontar comida, otra rata o una trampa eléctrica. Cualquiera de esos hallazgos es tremendamente importante para mi supervivencia. En el primer laberinto había una gran cantidad de trampas. Conocerl la ubicación de todas me enseñó a estar quieta para evitar el dolor. Así, mi exploración me llevó a conocer y conocer me ayudó a evitar el dolor, con lo que la exploración fue todo un éxito. Por este motivo, al cambiar a un nuevo laberinto, mi necesidad de explorar había crecido.
Podemos decir sin duda que la rata aprendió. Poseía un comportamiento, una respuesta estereotipada, que modificó tras enfrentarse  a un contexto. Según Bateson, nuestra amiga la rata habría alcanzado un nivel de aprendizaje 1. Es curioso que un alumno que memoriza veinte lecciones de historia y las reproduce al pie de la letra el día del examen no alcance este nivel. Para Bateson el nivel 0  es la “recepción de información, sin que se produzca cambio en el receptor. Este nivel incluye todos aquellos casos en que la reacción ante eventos o estímulos externos es invariable y altamente estereotipada.”. Desde esta perspectiva, nuestro amigo el futuro historiador, si los datos que ha memorizado no le han servido para modificar alguno o algunos de sus comportamientos,  no ha aprendido absolutamente nada. Posiblemente puede que acabe concluyendo que la “historia es aburrida”.
Cambiar un comportamiento por otro pertenecería a este nivel de aprendizaje. En el vídeo del blog de David “Do the opposite”, el simpático protagonista decide hacer exactamente lo contrario de lo que haría normalmente, con lo que obtiene, lógicamente, resultados diferentes. Sin embargo esta decisión no parece proceder de una transformación de su procesamiento. Sencillamente sustituye una conducta por otra. Para Bateson el aprendizaje pasa por ser capaz de pensar diferente, actuar diferente y relacionarse (quizás comunicar) de forma diferente.
Para luchar contra el aburrimiento no hay nada como hacer cosas diferentes.

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