Para el existencialismo la vida carece de sentido, Dios no existe. El sentido de la vida se genera en uno mismo, en sus valores, en su construcción de la realidad. Cada hombre es el primer y último responsable del sentido de su vida. Este hecho puede manifestarse de forma consciente, razonada, elaborada en función de la observación y el análisis de uno mismo, o de forma menos explícita, de tal modo que ni la propia persona sea capaz de explicar el por qué de sus actos. En cualquier caso, la manifestación de esta realidad es abiertamente pública. Nuestras palabras, decisiones, incluso nuestros sentimientos se vierten al mundo a partir de una construcción absolutamente propia. Cuando hablamos de algo o de alguien, incluso cuando guardamos silencio, hablamos únicamente de nosotros mismos. La forma en la que nos expresamos, el tono, la tranquilidad o la violencia, son el humo del fuego que arde en nuestro interior, de ahí que buscar explicaciones en el exterior suele resultar infructuoso si esta búsqueda no acaba en nosotros mismos. Adquieren desde este enfoque un sentido sobrecogedor las palabras de Wittgenstein cuando afirma que "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo". Los límites de mi pensamiento constituyen las fronteras de la realidad en la que existo, no habiendo para mí nada más fuera de estas líneas. Pero podemos darle la vuelta al argumento: "mi mundo está dentro de lo que soy capaz de pensar", solo vivo en el mundo en el que soy capaz de generar sentido, o jugando con las palabras de Descartes "existo en lo que pienso".
La idea, lejos de acotar la realidad, libera al hombre al hacerle capaz de trascender al contexto y a las relaciones con otros. Cada hombre puede llegar a ser el único constructor de su realidad y de sus valores, el único responsable de sus pensamientos, sus emociones y sus actos.
jueves, 22 de septiembre de 2011
miércoles, 14 de septiembre de 2011
La cultura de la queja
No puedo evitar reflejar la entrevista que publicó La Vanguardia a Swami Parthasarath. No creo que se pueda añadir ni una coma.
http://www.lavanguardia.com/lacontra/20110906/54212340265/la-cultura-de-la-queja-lleva-a-occidente-a-la-decadencia.html#.TmW8Uh52Gio.facebook
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domingo, 11 de septiembre de 2011
Encuentre las siete diferencias
Dice Robert Kegan en "Desbordados":
Cuando sé que no estoy constituido únicamente por mi experiencia, no hago al otro responsable por mi infelicidad o descontento hacia él o ella, porque acepto que él/ella no creó esa experiencia sino que yo mismo lo hice. Y cuando veo que el otro no se constituye por mi experiencia, tampoco lo hago responsable por no hacerme sentir mejor a raíz de mis descontentos.
1. No estoy constituido únicamente por la experiencia del otro
2. El otro no está constituido únicamente por su propia experiencia
3. No estoy constituido únicamente por mi propia experiencia
4. El otro no está constituido únicamente por mi experiencia
Estas cuatro afirmaciones son los fundamentos conceptuales requeridos para no asumir responsabilidades que no me corresponden y para evitar responsabilizar a otros cuando no corresponde. (...) Son habilidades cruciales para comunicarse efectivamente.
Descubrir que yo no soy ni mis pensamientos, ni mis sentimientos, sino que éstos no son más que objetos que puedo mirar, analizar o apartar si es lo que quiero y que la persona que tengo en frente es una entidad diferente de sus pensamientos, opiniones, emociones o deseos, sino que él o ella son el sujeto y todos estos elementos son objetos que, como tales, son susceptibles de ser observados como tales, abre un universo diferente ante nosotros. Así, expresiones como "el trabajo que acabas de hacer es el peor que has hecho nunca" o "cada vez que recuerdo lo que me dijiste siento una profunda tristeza" adquieren una posición diferente fuera del sujeto que las dice y del sujeto que las recibe. El emisor habla de "un trabajo", que puede ser que sea bueno o malo, pero que desde su punto de vista es de lo peor. El trabajo, o incluso su opinión acerca del mismo, no soy "yo", es un objeto que puedo analizar y extraer conclusiones. El emisor habla también de "palabras" o en este caso de sentimientos como una "profunda tristeza". Podemos diferenciar en este caso al sentimiento como un objeto que no constituye únicamente al emisor y que tampoco lo hace con el receptor, a pesar de que este último fue el que las dijo. Ambos, si son conscientes de esta realidad, pueden comunicarse de forma eficaz ya que estarán hablando de "palabras" y de "sentimientos" como objetos externos a ambos. Podrán analizarlo y extraer conclusiones más o menos significativas sin sentir en ningún caso que son atacados, increpados o juzgados por el otro. Pueden incluso acompañar al otro en su sufrimiento aún siendo los emisores de las palabras que iniciaron toda la conversación.
Cuando sé que no estoy constituido únicamente por mi experiencia, no hago al otro responsable por mi infelicidad o descontento hacia él o ella, porque acepto que él/ella no creó esa experiencia sino que yo mismo lo hice. Y cuando veo que el otro no se constituye por mi experiencia, tampoco lo hago responsable por no hacerme sentir mejor a raíz de mis descontentos.
1. No estoy constituido únicamente por la experiencia del otro
2. El otro no está constituido únicamente por su propia experiencia
3. No estoy constituido únicamente por mi propia experiencia
4. El otro no está constituido únicamente por mi experiencia
Estas cuatro afirmaciones son los fundamentos conceptuales requeridos para no asumir responsabilidades que no me corresponden y para evitar responsabilizar a otros cuando no corresponde. (...) Son habilidades cruciales para comunicarse efectivamente.
Descubrir que yo no soy ni mis pensamientos, ni mis sentimientos, sino que éstos no son más que objetos que puedo mirar, analizar o apartar si es lo que quiero y que la persona que tengo en frente es una entidad diferente de sus pensamientos, opiniones, emociones o deseos, sino que él o ella son el sujeto y todos estos elementos son objetos que, como tales, son susceptibles de ser observados como tales, abre un universo diferente ante nosotros. Así, expresiones como "el trabajo que acabas de hacer es el peor que has hecho nunca" o "cada vez que recuerdo lo que me dijiste siento una profunda tristeza" adquieren una posición diferente fuera del sujeto que las dice y del sujeto que las recibe. El emisor habla de "un trabajo", que puede ser que sea bueno o malo, pero que desde su punto de vista es de lo peor. El trabajo, o incluso su opinión acerca del mismo, no soy "yo", es un objeto que puedo analizar y extraer conclusiones. El emisor habla también de "palabras" o en este caso de sentimientos como una "profunda tristeza". Podemos diferenciar en este caso al sentimiento como un objeto que no constituye únicamente al emisor y que tampoco lo hace con el receptor, a pesar de que este último fue el que las dijo. Ambos, si son conscientes de esta realidad, pueden comunicarse de forma eficaz ya que estarán hablando de "palabras" y de "sentimientos" como objetos externos a ambos. Podrán analizarlo y extraer conclusiones más o menos significativas sin sentir en ningún caso que son atacados, increpados o juzgados por el otro. Pueden incluso acompañar al otro en su sufrimiento aún siendo los emisores de las palabras que iniciaron toda la conversación.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Mr Soul
"Remitir al sujeto" podría ser la casilla que le falta al dorso de las cartas si quisiéramos que siempre llegasen al destinatario correcto. Imaginemos un sentimiento, por ejemplo la tristeza, por señalar uno de los más básicos. La tristeza puede producirse al ver una escena en una película, trás una conversación, una situación laboral, en medio de un atasco o en el sillón de tu casa sin estímulo externo. Puede nacer coincidiendo con cualquiera de estas situaciones y puede quedarse unos minutos, días , semanas o incluso, en los casos más dolorosos, años. Pero a pesar de las apariencias, la tristeza no nace fuera del sujeto, es decir, no la producen ni películas, ni conversaciones, ni atascos, ni tan siquiera sillones. La tristeza nace en el sujeto. Y es que todo sentimiento es el producto de un proceso mental que a su vez está asentado en una estructura. Podemos quedarnos en la superficie del evento y responsabilizar de nuestra tristeza al director de la película o al despotismo de nuestro jefe, pero esto sería francamente "irresponsable", o lo que es lo mismo, dejaría de lado nuestra responsabilidad sobre nuestro sentimiento. Esto nos dejaría desnudos ante el destino, desvalidos ante las adversidades de la vida, nos convertiría inmediatamente en eternos "pacientes", desdichadas víctimas de todo aquel que quisiera herirnos. Por salud y , casi antes, por higiene, deberíamos evitar esta desnudez remitiendo el sentimiento a aquel que lo generó, es decir al sujeto. El primer paso sería identificar el propio sentimiento, separando en nuestro análisis otros sentimientos que se puedan estar produciendo a la vez. Por seguir con el ejemplo, junto a la tristeza suelen viajar otros sentimientos como el miedo o la ira, que, aunque aparezcan juntos, se habrán generado desde procesos diferentes. Una vez identificado el sentimiento, que sería el producto de un proceso, el siguiente paso sería identificar el propio proceso viajando hacia atrás hasta el lugar del que partió, lugar en el que, sin ninguna duda al tratarse de un sentimiento que genera sufrimiento, encontraremos un conflicto sin resolver. Lo que hagamos con el conflicto ya depende de los deseos de cada uno aunque, al objetivarlo, al hacerlo consciente, habremos logrado nada menos que separarlo del sujeto, convertirlo en una cosa que se puede manipular, estudiar y eliminar si es esto lo que deseamos.
Desde esta perspectiva no caben "cuánto daño me han hecho tus palabras" ni " su actitud es capaz de desesperarme". No nos podemos permitir el lujo de pensar siquiera "qué feliz me haces" o "me siento muy seguro contigo". Todo lo que sentimos es fruto de procesos personales que activamos de forma consciente o inconsciente pero que podemos objetivar con más o menos esfuerzo. Abandonar este pensamiento que puede parecer romántico o incluso mágico en el que otra persona es capaz de generar sentimientos en uno mismo no le resta belleza a la realidad sino que la llena de nuevas perspectivas que nacen cada día del autoanálisis. Esto deriva en un desarrollo personal, en un aumento de la complejidad mental que, paradójicamente, simplifica nuestras relaciones.
Desde esta perspectiva no caben "cuánto daño me han hecho tus palabras" ni " su actitud es capaz de desesperarme". No nos podemos permitir el lujo de pensar siquiera "qué feliz me haces" o "me siento muy seguro contigo". Todo lo que sentimos es fruto de procesos personales que activamos de forma consciente o inconsciente pero que podemos objetivar con más o menos esfuerzo. Abandonar este pensamiento que puede parecer romántico o incluso mágico en el que otra persona es capaz de generar sentimientos en uno mismo no le resta belleza a la realidad sino que la llena de nuevas perspectivas que nacen cada día del autoanálisis. Esto deriva en un desarrollo personal, en un aumento de la complejidad mental que, paradójicamente, simplifica nuestras relaciones.
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