martes, 14 de mayo de 2013

Planetas Imaginarios


Hay algo que los gurús de la autoayuda llaman zona de confort  y que identifican como ese espacio en el que eres capaz de desenvolverte sin ningún problema, aquel ámbito en el que te sientes seguro, ese lugar en el que pocas cosas pueden llegar a sorprenderte. No existen los terremotos en la zona de confort, ni hay espacio para la adrenalina porque todo está ocupado por una espesa sensación de inmutabilidad. Imagino esa zona de confort como un planeta en el que el aire fuese un líquido viscoso. Los objetos se moverían tan lentamente que nada llegaría a caer al suelo sin que pudiésemos evitarlo. No habría ruidos y, como si fuesen creados por el gran Ignatius, todos los gritos serían sordos. Me gusta.
Estos gurús también añaden que lo bueno de la vida está fuera de la zona de confort. El aprendizaje, el verdadero crecimiento se consigue cuando eres capaz de abandonar tu imperturbable y cálido planeta y colarte a través de un agujero negro en otra dimensión.


No sé si será verdad, la verdad es que no me importa si lo es o no, lo que me importa es que yo en ese planeta no puedo estar mucho rato. Mi vida es una constante persecución, alcance y abandono de esa zona de confort. Es un ciclo que se resume en incómodo-cómodo-incómodo. Me gusta este ciclo porque me parece una perfecta representación del ciclo eterno de nacer-morir-nacer. Me recuerda a otros ciclos como aprender-desaprender-aprender. Quizás todos son el mismo.
Naces en lo incómodo y necesitas aprender para alcanzar la comodidad. Una vez acomodado buscas una salida, lo que te obliga a desaprender, a morir a lo que eres, para poder aprender de nuevo desde lo incómodo. Parece entonces que aprendes sólo cuando estás en la zona incómoda. El objetivo del aprendizaje sería encontrarse cómodo durante este proceso o como dice McWirther “buscar la comodidad en lo incómodo”.
Pero lo que me resulta más intrigante es lo que se produce en la zona de confort. Parece que una vez “cómodo” te sigues moviendo, deslizándote lentamente hacia ese punto en el que “necesitas un cambio”. Esta famosa zona de confort inmutable también sería una zona en la que reinaría una dinámica de cambio. Nos moveríamos lentamente desde la zona de comodidad hacia una nueva zona de incomodidad.
Lo curioso es cómo nos damos cuenta de que ha llegado el momento del cambio. Es como una iluminación, como cuando San Pablo se cayó del caballo en el camino de Damasco, como cuando te levantas de la cama un día y al subir la persiana descubres que las cortinas están viejas. Un proceso lento que lleva a un descubrimiento que se produce en un instante, sin reflexión.  San Pablo ya sabía lo que sabía un minuto antes de caerse del caballo, del mismo modo que las cortinas eran las mismas ayer por la mañana que hoy, sin embargo hoy todo es diferente. Hoy necesitas un cambio. Hoy todo es incómodo.
Existe la opción de negar esa incomodidad comenzando una batalla cruel contra todo lo que te sitúe ante ese cambio (esto lo explica Kegan de una forma impecable en su libro Immunity to Change: How to Overcome it and Unlock the Potential in Yourself and Your Organization, muy recomendable).  En el caso de San Pablo podía haber luchado contra esa opción de cambio reafirmándose en la necesidad de atizar a los cristianos aún más fuerte. En el ejemplo de las cortinas podríamos resistirnos al cambio criticando de forma abierta toda tela que colgase ante una ventana y que no se pareciese a la nuestra.
“Exponer: Arriesgar, aventurar, poner algo en contingencia de perderse o dañarse. Exponerse sería entonces ponerse en riesgo, ponerse a uno mismo en una situación en la que es más que posible acabar perdido o dañado.
Salir de la zona de confort supone un riesgo real a perderse, a morir a lo que eres para poder ser otra cosa, a desaprender para poder aprender desde otra dimensión. Creo que suena mucho más crudo de lo que de verdad es.
Yo veo a mis hijos viviendo de forma permanente fuera de esta zona de confort como si les fuese la vida en ello, nunca mejor dicho, porque necesitan “crearse”, “formarse”, “aprender” de todo y de todos, por eso no hay momento o lugar inadecuado para explorar. No tienen cargas ni prejuicios. No saben lo que es “parecer tonto”, no entienden eso de “van a pensar que soy un torpe”, ni se preocupan de si equivocan mucho o poco. Buscan en el mundo, levantan todas las alfombras, plantean todas las preguntas, prueban todos los juegos, suben a todas las alturas y por supuesto se equivocan, se caen, se hacen daño, lloran y hasta reciben buenas broncas por preguntar tanto. No importa. El dolor dura lo mismo que tarda en aparecer otra oportunidad de explorar. Los niños son sin duda el ejemplo de lo que se puede hacer si te lo permites a ti mismo.
Existen miles de ejemplos de este ciclo aprender-desaprender-aprender o vivir-morir-vivir o cómodo-incómodo-cómodo. Como dice un hermano mío “hay que estar muy atento porque en cualquier momento salta la liebre”. Amén

sábado, 23 de marzo de 2013

Sí que puedo


Ya llevo unos pocos maratones en las piernas. 
El maratón es una distancia apasionante, increible. Un reto en el que el máximo rival eres tú mismo. Una prueba en la que a medida que pasan los kilómetros crece por igual la ilusión y la duda. Una carrera en la que el paralelismo con la vida es más que una intuición, hasta el punto de que ambos conceptos podrían llegar a ser equivalentes. La vida es maratón y el maratón es una réplica de la vida en 42 km y 195 metros.
Cuando empiezas solo piensas en divertirte, en disfrutar. No hay tensión, solo juego, alivio porque te han dejado empezar a correr. Es una sensación muy similar a la que sentías cuando estabas en el colegio y sonaba la campana anunciando el final de la clase, del dia y de la semana. Salir corriendo después de la última clase del viernes era un auténtico regalo. Así son los primeros kilómetros de una maratón, un auténtico regalo. 
Alrededor del kilómetro 12 empiezas a dejar de mirar al público y empiezas a centrarte en la carrera. Es como si un duende en tu hombro te dijera al oido que estas corriendo un maratón. Te haces un poco más consciente de quién eres, de dónde estás y de qué estás haciendo. Piensas que la carrera no se va a acabar y que tu mente y tus piernas tienen fuerza de sobra para seguir rodando como sobre raíles. 

En el km 18 eres poco menos que un héroe de leyenda. Ves cómo pasan los kilómetros y tu fuerza sigue intacta. Ruedas suave y seguro. Tus apoyos son perfectos. El tono muscular está en su mejor momento. No hay molestias, no hay miedo. Te dan ganas de cambiar de ritmo, de demostrar a los que van contigo en ese grupo que eres el amo de la distancia. No lo haces. Sonríes y sigues corriendo, mientras miras todo desde arriba.
Pasada la media maratón y hasta el km 27, la carrera te da el primer toque. Una mano rocosa, demasiado poderosa, terriblemente cruel y a la vez justa, te golpea en el occipucio una sola vez para dejarte un mensaje: "esto es un maratón". Desde ese momento el respeto es absoluto. Llega el silencio a tu cabeza. Ese silencio que se guarda al entrar a las grandes catedrales. El silencio de la mística, de los siglos de oraciones, de los miles de personas que se han acuclillado en esos bancos a lo largo de la historia. El silencio ante lo incontable, ante lo infinito, lo eterno. El silencio que solo es la voz de ese gigante que se alza ante tí ya con todo su poder y te demuestra que no le llegas ni a la suela de las sandalias. En este punto, en todos los maratones que he corrido, me han venido a la cabeza los versos de Gil de Biedma:
     Que la vida iba en serio
       uno lo empieza a comprender más tarde
      -como todos los jóvenes, yo vine
      a llevarme la vida por delante. (…)

El maratón, exactamente igual que la vida, va en serio desde el principio, aunque tú te des cuenta un poco más adelante.
Del km 30 al 35 la carrera te pone el termómetro, te mide, te pesa, te examina. Son los metros de la verdad, aquellos en los que puedes conseguir un pase al siguiente nivel o un pasaporte a tu casa. Es ahí donde debes mostrar las cartas. La estrategia empieza y acaba en esos metros. Los de antes solo había que recorrerlos. Correr los siguientes es un derecho que aún te tienes que ganar. La carretera se hace estrecha. Tu mirada ya sigue una línea imaginaria con la mejor trazada. Cada zancada es una demostración de que sabes a lo que has venido y que lo vas a llevar a cabo. El dolor ya apareció hace unos pocos kilómetros, pero es ahora cuando se presenta en el primer plano. Ya no hay fatiga. Ya no hay tensión. Ya no hay ímpetu. La carrera te ha despojado de todo para dejarte desnudo, simplemente tú, ante lo que queda, ante el maratón con mayúsculas.
Llegar al kilómetro 40 es un camino que sólo recorres si realmente te has creído que eres un héroe. Si realmente has sido consciente de que no hay más fuerzas de las que echar mano. Si realmente has sabido identificar tu pequeñez, tu limitación, tu fragilidad. Si has tomado el mando desde esa consciencia y te has repetido “sí que puedo” tantas veces como tu propio cuerpo te ha gritado “párate”.
Siento desilusionar al que esperaba una descripción de los últimos dos kilómetros. No la voy a hacer. Me voy a quedar en estos cinco mil metros de lucha, de resistencia, de dolor y de fe en uno mismo. Me voy a quedar en esa frase que tantas veces me he repetido mientras corría y que ahora me repito en las situaciones más simples de mi día a día. Me quedo con el “sí que puedo” antes de entrar a mi trabajo, antes de entrar a un supermercado, antes de llamar por teléfono a una inmobiliaria o antes de sacar dinero en el banco. Me quedo con esa frase al levantarme por las mañanas o al llamar a casa por las tardes. Me quedo con esas palabras porque para mí son mágicas. Son la música de una lucha en la que me reconozco débil pero no vencido, vulnerable pero no entregado, asustado pero no desertor. Es la frase que te devuelve a la tierra, la voz del que se aleja de uno mismo y, mirándose desde arriba, se reconoce sencillamente humano.
La voz de la consciencia, del darte cuenta, del saber qué eres. La voz que te recuerda que simplemente eres un hombre. La voz que te grita que eres nada más y nada menos que un hombre.
Por acabar con Gil de Biedma

             La vida no es un sueño, tú ya sabes
             que tenemos tendencia a olvidarlo.

martes, 20 de noviembre de 2012

Se parece, pero no es lo mismo



Uno de los argumentos más repetidos en los últimos días por los representantes del gobierno de la Comunidad de Madrid es que la gestión privada es más eficiente que la gestión pública. Resulta paradójico que esta idea sea expresada en voz alta precisamente por un gestor de la cosa pública elegido democráticamente para gestionar lo que es de todos. Aquellos que se autoproclamaron durante toda la campaña electoral como los mejores gestores posibles, los más dignos de confianza, los que sabían y querían gestionar de forma eficiente los recursos comunes son los mismos que ahora se declaran incapaces de solucionar las ineficiencias del sistema sanitario y que proponen su venta a gestores más capaces provenientes de la iniciativa privada.
La iniciativa privada tiene como pilar fundamental generar ganancia, esto no es ningún secreto, de hecho es el paradigma del que emana el sistema económico actual. El objetivo es generar los mejores productos, los más cotizados y por supuesto los que permitan obtener un mayor margen de beneficios. Del mismo modo que nadie compraría un coche que necesita ir al taller semanalmente, nadie en su sano juicio crearía una empresa si sabe que va a generar pérdidas. Cualquier empresario sueña con un producto fácil  de elaborar, con costes de producción bajos,  con gran demanda y precios elevados que permitan obtener grandes beneficios en un periodo corto de tiempo, permitiendo amortizar cuanto antes la inversión inicial. Desde esta perspectiva no se entiende que las empresas privadas pretendan entrar en el negocio de la sanidad pública cuando desde la propia administración se nos repite de forma incansable que es un negocio deficitario.
La sanidad pública no es un modelo homogéneo. En ella se atienden todos los procesos desde la prevención hasta la reinserción. En ella se encuentran los programas de atención al niño sano y los transplantes multiorgánicos, las campañas de vacunación de la gripe y la atención a personas con enfermedades crónicas que requieren múltiples ingresos. En ella se diagnostica, se cura y se cuida a cualquier persona que tenga un problema relacionado con su salud. Sería del todo inexacto, por tanto, catalogar al sistema público de salud como deficitario sin analizar cada una de sus partes por separado. Podríamos determinar que los procesos agudos, que requieren de pocos recursos para ser diagnosticados y tratados, que necesitan pocos días de ingreso y que no dejan secuelas, son los menos costosos para el sistema de atención especializada. En el otro extremo estarían aquellos procesos que requieren de un mayor uso de recursos para diagnosticarlos, como pruebas complejas, determinaciones especiales o aparataje de última generación, que precisan hospitalizaciones prolongadas o varios reingresos y que dejan secuelas importantes que necesitan programas específicos de rehabilitación. Lógicamente, a la hora de plantear un modelo privado de gestión para el sistema público de salud, éste se focalizaría únicamente en el primer caso, ya que no parece que exista nadie dentro de la empresa privada que quiera asumir la atención de procesos que claramente originarán costes difíciles de asumir.
El Plan de Sostenibilidad planteado por el gobierno de la Comunidad de Madrid define a la perfección este escenario. Los hospitales nuevos serán gestionados por empresas privadas que asumirán únicamente la atención de los procesos agudos, pudiendo derivar los procesos más caros, como la atención a pacientes geriátricos al Hospital de la Princesa o la de personas que necesitan ingresos prolongados al Hospital Carlos III. Este solamente  representa el primer paso. Las empresas concesionarias, como empresas privadas, buscan de forma constante incrementar su margen de beneficios, algo que, una vez concretados los procesos a atender, sólo se puede conseguir reduciendo los costes de la propia atención, es decir, los recursos materiales y los recursos humanos.
El sistema económico en el que estamos inmersos reconoce los productos de mayor calidad otorgándoles un mayor precio. No hay que retorcer mucho el argumento para concluir que,  si hablamos de productos, más barato significa peor calidad. Del mismo modo, el mercado reconoce la calidad de un servicio dado por expertos con la última tecnología y de forma individualizada aplicándole el mayor precio. Así, si seguimos hablando el lenguaje del mercado, disminuir el coste de la atención sanitaria ahorrando en recursos materiales y humanos implica inequívocamente una disminución de la calidad.
Los trabajadores del sistema público de salud sabemos  mejor que nadie que existen múltiples aspectos mejorables. Conocemos las ineficiencias y los puntos débiles. Desarrollamos nuestro ejercicio profesional diariamente en un medio que tiene un amplio margen de mejora. Es este conocimiento el que nos permite sorprendernos y oponernos frontalmente a la solución privatizadora propuesta por la Comunidad de Madrid.
La sanidad pública debe mejorar para dar más beneficios a los usuarios con un menor coste para todos. La sanidad pública lo que no debe es mejorar los beneficios de unos pocos a costa de todos, que se parece, pero no es lo mismo.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

¿Por qué hacemos esto?


La protesta, casi levantamiento, de los trabajadores de la Sanidad Pública Madrileña que se inició tras la presentación del Plan de Sostenibilidad del Gobierno de la Comunidad de Madrid, sigue creciendo día a día a un ritmo vertiginoso. Los hospitales madrileños movilizados suman ya dieciocho, a los que se suman SUMMA y algunos centros de salud, aunque es difícil presentar este dato actualizado ya que la adhesión a la protesta crece casi por minutos. A pesar de la imperiosa necesidad de continuar sumando apoyos que nos permitan detener el plan de privatizaciones planteado por la Comunidad de Madrid, creo que en el momento en el que estamos también es necesario detenerse unos segundos y reflexionar sobre el fondo del asunto.
Los profesionales sanitarios, como conocedores del propio Sistema de Salud, somos conscientes de la transcendencia que tienen las reformas planteadas. La privatización de la totalidad del sistema público se inició con la cesión de la gestión del personal no sanitario a empresas concesionarias en los hospitales nuevos y con la concesión total del Hospital de Valdemoro y de Torrejón a empresas privadas. Este proceso está en marcha, siendo el siguiente paso la privatización de los hospitales nuevos y la reconversión del Hospital de la Princesa y del Carlos III. Esta reconversión es fundamental para permitir a los hospitales privatizados la derivación de los procesos que resultan más costosos, como son la atención a usuarios mayores de 70 años o a personas que precisan periodos prolongados de estancia. Pero este proceso no finaliza aquí. El camino iniciado solo puede mantener la coherencia si su meta es la privatización de la globalidad del sistema madrileño de salud.
La trascendencia de este proceso es de tal magnitud que sus consecuencias no terminan en los trabajadores. No es un asunto que afecte únicamente a puestos de trabajo o condiciones laborales, sino que altera de forma definitiva el modelo de atención sanitaria, convirtiéndolo en algo radicalmente opuesto al modelo público que define  la Ley General de Sanidad.  Hablamos por tanto de un cambio de modelo sanitario que los ciudadanos no han elegido. Y en este momento aparece el concepto fundamental que sostiene y que justifica la movilización de los trabajadores del sistema público, el ciudadano.
 La salud del ciudadano es el motivo por el que trabajamos diariamente. El usuario es el centro de la atención sanitaria. El ciudadano es, por tanto, el primer afectado por esta reforma. La misión de los trabajadores de la sanidad pública es continuar al servicio de los usuarios, lo que incluye en este momento informar al ciudadano del alcance que las medidas incluidas en el Plan de Sostenibilidad tienen sobre su salud. El objetivo no se aleja mucho del que tenemos cada día aunque los métodos varíen. Continuamos velando por la salud de los usuarios, poniéndonos a su servicio para ofrecer una atención sanitaria pública de calidad, siendo este el único impulso que mueve nuestras movilizaciones.
Los trabajadores de la sanidad pública hemos iniciado un movimiento que nace de la filosofía que define nuestras profesiones, que no es otra que la atención al usuario. Todos y cada uno de nosotros somos conscientes del impacto que la privatización del Sistema Sanitario Público puede tener sobre el ciudadano. Es, desde esta consciencia, desde la que iniciamos este movimiento. Un movimiento que no sirve a ningún interés más que el que nos mueve diariamente durante nuestro ejercicio profesional, la salud de los ciudadanos.
Pensar en la salud del ciudadano como objetivo de los trabajadores  me lleva a plantear cuáles son entonces los objetivos del Gobierno de la Comunidad de Madrid en esta reforma. La venta de una parte de la Sanidad Madrileña beneficia a las empresas concesionarias, detrás de las que están aseguradoras, sociedades de inversión y bancos. Bancos acreedores y deudores al mismo tiempo de partidos políticos.
Recuerdo ahora aquello que dijo Séneca, "Cui prodest scelus, is fecit (el que se beneficia del crimen, ese lo ha cometido)

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Bancos malos, Hospitales malos...

Hace ya unos años que, con este asunto de la crisis, no hacemos mas que hablar del "banco malo". Parece ser que un banco malo es una entidad a la que los demás bancos pueden dirigir los activos "tóxicos", es decir, todas esas hipotecas que concedieron y que ya saben que no van a cobrar, con el objetivo de sanear sus balances de resultados. Así al menos es como lo han presentado. Supongo que detrás de esto habrá una gran montaña de basura financiera compuesta por productos creados a partir de estas hipotecas que se han vendido, revendido, utilizado como moneda de cambio y que no han hecho mas que engordar el pastel maloliente de los bancos españoles.
 Los bancos repartieron créditos hipotecarios en cantidades industriales y sin garantía de devolución. Estas hipotecas pasaron de ser la moneda de oro del mercadeo financiero a producto indeseado tras la explosión de la crisis. Productos deficitarios, no rentables, que consumen más de lo que generan. Los bancos con estos productos se ponen nerviosos, no están cómodos, sus accionistas les preguntan por ellos, les pregunta el Banco Mundial, el FMI, La Unión Europea, las agencias de calificación y ellos sudan y piensan bajo qué alfombra guardar tanta ruina. El Gobierno ha encontrado la solución haciendo pública esta basura, o lo que es lo mismo, haciendo que todos paguemos estas pérdidas. El banco malo es un banco público, el banco malo se queda los productos deficitarios, el banco malo resuelve el problema de los bancos y les permite seguir presentando beneficios al eliminar de sus balances los números rojos de las hipotecas que no van a cobrar. 
Lo trágico de este asunto es el lúgubre paralelismo que podemos establecer con la situación de la sanidad madrileña (por el momento solo madrileña, veremos en unos meses). El Gobierno de la Comunidad de Madrid, viendo lo bien que ha funcionado esta solución del banco malo, ha decidido aplicarla en el modelo sanitario madrileño. Sabiendo que existen procesos que generan un enorme gasto para el sistema han creado un par de hospitales "malos" a los que derivarlos. Así La Princesa asumirá a los pacientes geriátricos y el Carlos III los ingresos prolongados. Pero, y este movimiento, ¿por qué lo hace?, ¿a quién quiere evitar la atención de estos usuarios?, ¿tenemos acaso en Madrid algún banco disfrazado de hospital que necesite liberarse del gasto que originan estos procesos?. Pues, efectivamente, así es. La privatización de los hospitales nuevos no podría llevarse a cabo si éstos tuviesen que asumir el gasto que supone la atención a pacientes geriátricos o aquellos que requieren ingresos prolongados. El presupuesto que deberían asumir sería demasiado elevado como para permitir un margen de beneficio aceptable. Es por esto que la Comunidad de Madrid necesita reconvertir algunos hospitales clásicos en centros especializados en estas patologías o , siguiendo con el paralelismo, crear "hospitales malos", es decir , hospitales que asuman los procesos mas costosos. Hospitales "malos" que, por supuesto, seguirán siendo públicos, es decir, pagados por todos. Hospitales "malos" que incrementarán de forma indirecta la ganancia de los hospitales privatizados.
En Madrid, a partir de ahora, pagaremos entre todos a empresas privadas por gestionar procesos que cuestan menos de lo que nos cobran y pagaremos también la atención sanitaria del resto de procesos. Entonces, si la población va a pagar lo mismo, ¿por qué privatizar?......quid proquo Clarice, quid proquo.

martes, 6 de noviembre de 2012

Mensajes Intoxicados

Los acontecimientos de la última semana relacionados con la venta al por mayor de los hospitales nuevos han producido un sin fin de mensajes. Mensajes que reflejan la habilidad de cada emisor para seleccionar las ideas y palabras adecuadas. Es curioso como en muchos casos la mejor idea, o al menos la más cercana a la realidad, puede diluirse en un mar de conceptos  o como puede rebatirse con argumentos pobres pero eficaces. Algunos ejemplos:

Argumento 1: No al cierre del Hospital de la Princesa
Respuesta: La Princesa no se cierra. La población, y especialmente los mayores, necesita de un centro especializado dotado con los mejores recursos humanos y materiales en el que atender sus necesidades asistenciales específicas. 

Argumento 2: La privatización de hospitales supondrá un aumento del paro entre el personal sanitario
Respuesta 2: Al contrario. El personal sanitario de la CAM, como personal estatutario no modificará su régimen laboral. Además es la iniciativa privada la que asume en estos casos el reto de la formación de un empleo de calidad.

Argumento 3: La privatización supondrá un descenso en la calidad asistencial.
Respuesta 3: La asistencia en los hospitales con gestión privada de la CAM posee los mismos estándares de calidad que los hospitales de gestión pública, ya que de ello es garante la consejería de sanidad y por último el propio gobierno de la CAM. Además esta calidad se consigue a un coste casi un 30% menor para el contribuyente.

Argumento 4: La privatización de los nuevos hospitales es un paso mas hacia la privatización de la Sanidad en Madrid
Respuesta 4: La población continuará obteniendo una asistencia de calidad, universal y gratuita independientemente de si la gestión del centro al que asiste es pública o privada. Además , si el centro es gestionado por una empresa privada, el coste para su bolsillo a través de los impuestos será mucho menor.

Lamentablemente estas respuestas no las he inventado yo. Están ya presentes en la mayor parte de los medios de comunicación y llegan teledirigidos a la población. Insisto en que debemos depurar el mensaje, hacerlo claro y entendible por alguien ajeno al mundo sanitario. Debemos utilizar los medios, las redes sociales y sobre todo el boca a boca. Hay muchas cosas que explicar y debatir acerca de este cambio de modelo. Creo que además de asambleas, concentraciones, eslóganes y pancartas, que por supuesto son necesarias para atraer el foco de atención mediático, hay que hacer un esfuerzo por aclarar, definir y por esclarecer el mensaje. Esfuerzo también habrá que hacer por ir contra la corriente del poder político.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Negocios que pagamos todos



Las decisiones tomadas por el Gobierno de la Comunidad de Madrid en los últimos días en cuanto a la privatización de la gestión sanitaria de los nuevos hospitales han sido presentadas como medidas de ajuste necesarias para cumplir con los objetivos de déficit. Sin embargo, estas decisiones son en realidad la consumación de un plan privatizador de la sanidad madrileña que se ha ido ejecutando con paso firme desde  hace varios años. Este plan privatizador exigía en primer lugar disponer de un producto atractivo que se pudiera ofrecer a las empresas privadas, un producto que permitiese hacer de la atención sanitaria un objeto rentable para los inversores privados.
El diseño, construcción y puesta en marcha de los nuevos hospitales fue el primer paso de esta reconversión del producto. Instalaciones de nueva construcción, dotadas de las últimas tecnologías y cercanas a la población a atender. Instalaciones mostradas ante la sociedad como la respuesta acertada de la administración a las demandas de modernización del sistema sanitario presentadas por la poblacion. Este lavado de cara supuso un salto cualitativo pero , por supuesto, insuficiente para dotar de atractivo al negocio de la salud. El siguiente paso requería una reconversión del modelo de atención.
Los hospitales como la Paz, el Clínico, el G. Marañón, Ramón y Cajal o Puerta de Hierro se definen sobre el papel como hospitales para patologías agudas, es decir, para aquellos procesos que pueden diagnosticarse, tratarse y resolverse en un periodo relativamente corto de tiempo.  Cualquier profesional sanitario sabe que en estos hospitales públicos se realiza una atención que se aleja de forma importante de este objetivo. Nuestros hospitales atienden a diario un porcentaje ciertamente elevado de usuarios cuyo problema de salud no encaja en este perfil de patología aguda. Así, las personas que requieren hospitalizaciones prolongadas o reingresos frecuentes motivados por la gravedad, la cronicidad, las secuelas de la enfermedad o la edad avanzada escapan de este “paciente tipo” que se espera atiendan los hospitales de agudos. Existe aún un factor más que aleja la realidad de estos hospitales de aquello para lo que fueron diseñados. Un hospital público es más que un centro de asistencia sanitaria. En estos centros, miles de profesionales sanitarios y no sanitarios abordan y resuelven problemas de carácter social. La falta de apoyos sociales o de recursos económicos para afrontar el alta tras un periodo prolongado de hospitalización o tras una enfermedad cuyas secuelas exigen de estos apoyos, es motivo suficiente para prolongan la hospitalización, desdibujando este objetivo de atención a patología aguda.
Huelga decir que los ingresos prolongados, las necesidades de hospitalización frecuente, el abordaje de patologías que dejan secuelas que requieren de recursos sanitarios especializados o los problemas sociales, suponen un consumo de recursos económicos ciertamente elevado. El encarecimiento del producto, ocasionado por estos factores,  lo hace muy poco atractivo para la iniciativa privada. Este punto ha sido resuelto de forma impecable en esta semana por el Gobierno de la Comunidad de Madrid al reconvertir a dos hospitales de agudos como La Princesa y el hospital Carlos III en hospitales para pacientes geriátricos en el primer caso y para hospitalizaciones prolongadas en el segundo. Esto permite que los usuarios de los nuevos hospitales privatizados que no cumplan con el perfil de “paciente agudo” puedan ser derivados a estos centros, derivando también el coste que supone su atención desde la empresa privada al sistema público. Un movimiento bastante tosco para abaratar los procesos en los hospitales privatizados a costa de incrementar su coste para el sistema público de salud.
Un aspecto reseñable que implica un encarecimiento de la atención sanitaria, es el abordaje de procesos complejos que precisan tratamientos médicos, quirúrgicos o cuidados de elevado coste y que suponen hospitalizaciones prolongadas tanto para el diagnóstico, tratamiento, rehabilitación o reinserción. Procesos que exigen además de un esfuerzo económico y humano que se refleja también en la necesidad constante de investigación y desarrollo de nuevos abordajes. Los trasplantes, tratamientos oncológicos o pruebas diagnósticas con aparataje de última tecnología son algunos ejemplos de lo que no debe asumir el sector privado si quiere rentabilizar la inversión. No hay duda por tanto de que estos procesos seguirán siendo asumidos por el sistema público, al menos de momento.
Recapitulando; el Gobierno de la Comunidad de Madrid, con dinero público,  ha diseñado y puesto a la venta un producto atractivo y rentable, un producto que supone la atención del usuario “ideal”. Un usuario que precisa de una atención sanitaria sobre una patología aguda, no complicada, sin secuelas y sin necesidad de apoyo social. Cualquier proceso que se aleje de este diseño será derivado al sistema público que, por supuesto, asumirá el coste. Un negocio absolutamente perfecto con el que sueña todo empresario.