martes, 14 de mayo de 2013

Planetas Imaginarios


Hay algo que los gurús de la autoayuda llaman zona de confort  y que identifican como ese espacio en el que eres capaz de desenvolverte sin ningún problema, aquel ámbito en el que te sientes seguro, ese lugar en el que pocas cosas pueden llegar a sorprenderte. No existen los terremotos en la zona de confort, ni hay espacio para la adrenalina porque todo está ocupado por una espesa sensación de inmutabilidad. Imagino esa zona de confort como un planeta en el que el aire fuese un líquido viscoso. Los objetos se moverían tan lentamente que nada llegaría a caer al suelo sin que pudiésemos evitarlo. No habría ruidos y, como si fuesen creados por el gran Ignatius, todos los gritos serían sordos. Me gusta.
Estos gurús también añaden que lo bueno de la vida está fuera de la zona de confort. El aprendizaje, el verdadero crecimiento se consigue cuando eres capaz de abandonar tu imperturbable y cálido planeta y colarte a través de un agujero negro en otra dimensión.


No sé si será verdad, la verdad es que no me importa si lo es o no, lo que me importa es que yo en ese planeta no puedo estar mucho rato. Mi vida es una constante persecución, alcance y abandono de esa zona de confort. Es un ciclo que se resume en incómodo-cómodo-incómodo. Me gusta este ciclo porque me parece una perfecta representación del ciclo eterno de nacer-morir-nacer. Me recuerda a otros ciclos como aprender-desaprender-aprender. Quizás todos son el mismo.
Naces en lo incómodo y necesitas aprender para alcanzar la comodidad. Una vez acomodado buscas una salida, lo que te obliga a desaprender, a morir a lo que eres, para poder aprender de nuevo desde lo incómodo. Parece entonces que aprendes sólo cuando estás en la zona incómoda. El objetivo del aprendizaje sería encontrarse cómodo durante este proceso o como dice McWirther “buscar la comodidad en lo incómodo”.
Pero lo que me resulta más intrigante es lo que se produce en la zona de confort. Parece que una vez “cómodo” te sigues moviendo, deslizándote lentamente hacia ese punto en el que “necesitas un cambio”. Esta famosa zona de confort inmutable también sería una zona en la que reinaría una dinámica de cambio. Nos moveríamos lentamente desde la zona de comodidad hacia una nueva zona de incomodidad.
Lo curioso es cómo nos damos cuenta de que ha llegado el momento del cambio. Es como una iluminación, como cuando San Pablo se cayó del caballo en el camino de Damasco, como cuando te levantas de la cama un día y al subir la persiana descubres que las cortinas están viejas. Un proceso lento que lleva a un descubrimiento que se produce en un instante, sin reflexión.  San Pablo ya sabía lo que sabía un minuto antes de caerse del caballo, del mismo modo que las cortinas eran las mismas ayer por la mañana que hoy, sin embargo hoy todo es diferente. Hoy necesitas un cambio. Hoy todo es incómodo.
Existe la opción de negar esa incomodidad comenzando una batalla cruel contra todo lo que te sitúe ante ese cambio (esto lo explica Kegan de una forma impecable en su libro Immunity to Change: How to Overcome it and Unlock the Potential in Yourself and Your Organization, muy recomendable).  En el caso de San Pablo podía haber luchado contra esa opción de cambio reafirmándose en la necesidad de atizar a los cristianos aún más fuerte. En el ejemplo de las cortinas podríamos resistirnos al cambio criticando de forma abierta toda tela que colgase ante una ventana y que no se pareciese a la nuestra.
“Exponer: Arriesgar, aventurar, poner algo en contingencia de perderse o dañarse. Exponerse sería entonces ponerse en riesgo, ponerse a uno mismo en una situación en la que es más que posible acabar perdido o dañado.
Salir de la zona de confort supone un riesgo real a perderse, a morir a lo que eres para poder ser otra cosa, a desaprender para poder aprender desde otra dimensión. Creo que suena mucho más crudo de lo que de verdad es.
Yo veo a mis hijos viviendo de forma permanente fuera de esta zona de confort como si les fuese la vida en ello, nunca mejor dicho, porque necesitan “crearse”, “formarse”, “aprender” de todo y de todos, por eso no hay momento o lugar inadecuado para explorar. No tienen cargas ni prejuicios. No saben lo que es “parecer tonto”, no entienden eso de “van a pensar que soy un torpe”, ni se preocupan de si equivocan mucho o poco. Buscan en el mundo, levantan todas las alfombras, plantean todas las preguntas, prueban todos los juegos, suben a todas las alturas y por supuesto se equivocan, se caen, se hacen daño, lloran y hasta reciben buenas broncas por preguntar tanto. No importa. El dolor dura lo mismo que tarda en aparecer otra oportunidad de explorar. Los niños son sin duda el ejemplo de lo que se puede hacer si te lo permites a ti mismo.
Existen miles de ejemplos de este ciclo aprender-desaprender-aprender o vivir-morir-vivir o cómodo-incómodo-cómodo. Como dice un hermano mío “hay que estar muy atento porque en cualquier momento salta la liebre”. Amén

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