Hay algo que los gurús de la autoayuda llaman
zona de confort y que identifican como ese espacio en el que
eres capaz de desenvolverte sin ningún problema, aquel ámbito en el que te
sientes seguro, ese lugar en el que pocas cosas pueden llegar a sorprenderte.
No existen los terremotos en la zona de confort, ni hay espacio para la
adrenalina porque todo está ocupado por una espesa sensación de inmutabilidad.
Imagino esa zona de confort como un planeta en el que el aire fuese un líquido viscoso.
Los objetos se moverían tan lentamente que nada llegaría a caer al suelo sin
que pudiésemos evitarlo. No habría ruidos y, como si fuesen creados por el gran
Ignatius, todos los gritos serían sordos. Me gusta.
Estos gurús también añaden que lo bueno de la
vida está fuera de la zona de confort. El aprendizaje, el verdadero crecimiento
se consigue cuando eres capaz de abandonar tu imperturbable y cálido planeta y
colarte a través de un agujero negro en otra dimensión.
No sé si será verdad, la verdad es que no me
importa si lo es o no, lo que me importa es que yo en ese planeta no puedo
estar mucho rato. Mi vida es una constante persecución, alcance y abandono de
esa zona de confort. Es un ciclo que se resume en incómodo-cómodo-incómodo. Me
gusta este ciclo porque me parece una perfecta representación del ciclo eterno
de nacer-morir-nacer. Me recuerda a otros ciclos como
aprender-desaprender-aprender. Quizás todos son el mismo.
Naces en lo incómodo y necesitas aprender
para alcanzar la comodidad. Una vez acomodado buscas una salida, lo que te
obliga a desaprender, a morir a lo que eres, para poder aprender de nuevo desde
lo incómodo. Parece entonces que aprendes sólo cuando estás en la zona
incómoda. El objetivo del aprendizaje sería encontrarse cómodo durante este proceso
o como dice McWirther “buscar la
comodidad en lo incómodo”.
Pero lo que me resulta más intrigante es lo
que se produce en la zona de confort. Parece que una vez “cómodo” te sigues moviendo, deslizándote lentamente hacia ese punto
en el que “necesitas un cambio”. Esta
famosa zona de confort inmutable también sería una zona en la que reinaría una dinámica
de cambio. Nos moveríamos lentamente desde la zona de comodidad hacia una nueva
zona de incomodidad.
Lo curioso es cómo nos damos cuenta de que ha
llegado el momento del cambio. Es como una iluminación, como cuando San Pablo
se cayó del caballo en el camino de Damasco, como cuando te levantas de la cama
un día y al subir la persiana descubres que las cortinas están viejas. Un
proceso lento que lleva a un descubrimiento que se produce en un instante, sin
reflexión. San Pablo ya sabía lo que
sabía un minuto antes de caerse del caballo, del mismo modo que las cortinas
eran las mismas ayer por la mañana que hoy, sin embargo hoy todo es diferente.
Hoy necesitas un cambio. Hoy todo es incómodo.
Existe la opción de negar esa incomodidad
comenzando una batalla cruel contra todo lo que te sitúe ante ese cambio (esto
lo explica Kegan de una forma impecable en su libro Immunity to Change: How to Overcome it and Unlock the Potential in
Yourself and Your Organization, muy recomendable).
En el caso de San Pablo podía haber luchado
contra esa opción de cambio reafirmándose en la necesidad de atizar a los
cristianos aún más fuerte. En el ejemplo de las cortinas podríamos resistirnos
al cambio criticando de forma abierta toda tela que colgase ante una ventana y
que no se pareciese a la nuestra.
“Exponer: Arriesgar,
aventurar, poner algo en contingencia de perderse o dañarse.” Exponerse sería entonces ponerse
en riesgo, ponerse a uno mismo en una situación en la que es más que posible
acabar perdido o dañado.
Salir de la zona de confort supone un riesgo
real a perderse, a morir a lo que eres para poder ser otra cosa, a desaprender
para poder aprender desde otra dimensión. Creo que suena mucho más crudo de lo
que de verdad es.
Yo veo a mis hijos viviendo de forma
permanente fuera de esta zona de confort como si les fuese la vida en ello,
nunca mejor dicho, porque necesitan “crearse”,
“formarse”, “aprender” de todo y de todos, por eso no hay momento o lugar
inadecuado para explorar. No tienen cargas ni prejuicios. No saben lo que es “parecer tonto”, no entienden eso de “van a pensar que soy un torpe”, ni se
preocupan de si equivocan mucho o poco. Buscan en el mundo, levantan todas las
alfombras, plantean todas las preguntas, prueban todos los juegos, suben a
todas las alturas y por supuesto se equivocan, se caen, se hacen daño, lloran y
hasta reciben buenas broncas por preguntar tanto. No importa. El dolor dura lo
mismo que tarda en aparecer otra oportunidad de explorar. Los niños son sin
duda el ejemplo de lo que se puede hacer si te lo permites a ti mismo.
Existen miles de ejemplos de este ciclo
aprender-desaprender-aprender o vivir-morir-vivir o cómodo-incómodo-cómodo. Como
dice un hermano mío “hay que estar muy
atento porque en cualquier momento salta la liebre”. Amén

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