sábado, 3 de noviembre de 2012

Negocios que pagamos todos



Las decisiones tomadas por el Gobierno de la Comunidad de Madrid en los últimos días en cuanto a la privatización de la gestión sanitaria de los nuevos hospitales han sido presentadas como medidas de ajuste necesarias para cumplir con los objetivos de déficit. Sin embargo, estas decisiones son en realidad la consumación de un plan privatizador de la sanidad madrileña que se ha ido ejecutando con paso firme desde  hace varios años. Este plan privatizador exigía en primer lugar disponer de un producto atractivo que se pudiera ofrecer a las empresas privadas, un producto que permitiese hacer de la atención sanitaria un objeto rentable para los inversores privados.
El diseño, construcción y puesta en marcha de los nuevos hospitales fue el primer paso de esta reconversión del producto. Instalaciones de nueva construcción, dotadas de las últimas tecnologías y cercanas a la población a atender. Instalaciones mostradas ante la sociedad como la respuesta acertada de la administración a las demandas de modernización del sistema sanitario presentadas por la poblacion. Este lavado de cara supuso un salto cualitativo pero , por supuesto, insuficiente para dotar de atractivo al negocio de la salud. El siguiente paso requería una reconversión del modelo de atención.
Los hospitales como la Paz, el Clínico, el G. Marañón, Ramón y Cajal o Puerta de Hierro se definen sobre el papel como hospitales para patologías agudas, es decir, para aquellos procesos que pueden diagnosticarse, tratarse y resolverse en un periodo relativamente corto de tiempo.  Cualquier profesional sanitario sabe que en estos hospitales públicos se realiza una atención que se aleja de forma importante de este objetivo. Nuestros hospitales atienden a diario un porcentaje ciertamente elevado de usuarios cuyo problema de salud no encaja en este perfil de patología aguda. Así, las personas que requieren hospitalizaciones prolongadas o reingresos frecuentes motivados por la gravedad, la cronicidad, las secuelas de la enfermedad o la edad avanzada escapan de este “paciente tipo” que se espera atiendan los hospitales de agudos. Existe aún un factor más que aleja la realidad de estos hospitales de aquello para lo que fueron diseñados. Un hospital público es más que un centro de asistencia sanitaria. En estos centros, miles de profesionales sanitarios y no sanitarios abordan y resuelven problemas de carácter social. La falta de apoyos sociales o de recursos económicos para afrontar el alta tras un periodo prolongado de hospitalización o tras una enfermedad cuyas secuelas exigen de estos apoyos, es motivo suficiente para prolongan la hospitalización, desdibujando este objetivo de atención a patología aguda.
Huelga decir que los ingresos prolongados, las necesidades de hospitalización frecuente, el abordaje de patologías que dejan secuelas que requieren de recursos sanitarios especializados o los problemas sociales, suponen un consumo de recursos económicos ciertamente elevado. El encarecimiento del producto, ocasionado por estos factores,  lo hace muy poco atractivo para la iniciativa privada. Este punto ha sido resuelto de forma impecable en esta semana por el Gobierno de la Comunidad de Madrid al reconvertir a dos hospitales de agudos como La Princesa y el hospital Carlos III en hospitales para pacientes geriátricos en el primer caso y para hospitalizaciones prolongadas en el segundo. Esto permite que los usuarios de los nuevos hospitales privatizados que no cumplan con el perfil de “paciente agudo” puedan ser derivados a estos centros, derivando también el coste que supone su atención desde la empresa privada al sistema público. Un movimiento bastante tosco para abaratar los procesos en los hospitales privatizados a costa de incrementar su coste para el sistema público de salud.
Un aspecto reseñable que implica un encarecimiento de la atención sanitaria, es el abordaje de procesos complejos que precisan tratamientos médicos, quirúrgicos o cuidados de elevado coste y que suponen hospitalizaciones prolongadas tanto para el diagnóstico, tratamiento, rehabilitación o reinserción. Procesos que exigen además de un esfuerzo económico y humano que se refleja también en la necesidad constante de investigación y desarrollo de nuevos abordajes. Los trasplantes, tratamientos oncológicos o pruebas diagnósticas con aparataje de última tecnología son algunos ejemplos de lo que no debe asumir el sector privado si quiere rentabilizar la inversión. No hay duda por tanto de que estos procesos seguirán siendo asumidos por el sistema público, al menos de momento.
Recapitulando; el Gobierno de la Comunidad de Madrid, con dinero público,  ha diseñado y puesto a la venta un producto atractivo y rentable, un producto que supone la atención del usuario “ideal”. Un usuario que precisa de una atención sanitaria sobre una patología aguda, no complicada, sin secuelas y sin necesidad de apoyo social. Cualquier proceso que se aleje de este diseño será derivado al sistema público que, por supuesto, asumirá el coste. Un negocio absolutamente perfecto con el que sueña todo empresario.

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