Para el existencialismo la vida carece de sentido, Dios no existe. El sentido de la vida se genera en uno mismo, en sus valores, en su construcción de la realidad. Cada hombre es el primer y último responsable del sentido de su vida. Este hecho puede manifestarse de forma consciente, razonada, elaborada en función de la observación y el análisis de uno mismo, o de forma menos explícita, de tal modo que ni la propia persona sea capaz de explicar el por qué de sus actos. En cualquier caso, la manifestación de esta realidad es abiertamente pública. Nuestras palabras, decisiones, incluso nuestros sentimientos se vierten al mundo a partir de una construcción absolutamente propia. Cuando hablamos de algo o de alguien, incluso cuando guardamos silencio, hablamos únicamente de nosotros mismos. La forma en la que nos expresamos, el tono, la tranquilidad o la violencia, son el humo del fuego que arde en nuestro interior, de ahí que buscar explicaciones en el exterior suele resultar infructuoso si esta búsqueda no acaba en nosotros mismos. Adquieren desde este enfoque un sentido sobrecogedor las palabras de Wittgenstein cuando afirma que "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo". Los límites de mi pensamiento constituyen las fronteras de la realidad en la que existo, no habiendo para mí nada más fuera de estas líneas. Pero podemos darle la vuelta al argumento: "mi mundo está dentro de lo que soy capaz de pensar", solo vivo en el mundo en el que soy capaz de generar sentido, o jugando con las palabras de Descartes "existo en lo que pienso".
La idea, lejos de acotar la realidad, libera al hombre al hacerle capaz de trascender al contexto y a las relaciones con otros. Cada hombre puede llegar a ser el único constructor de su realidad y de sus valores, el único responsable de sus pensamientos, sus emociones y sus actos.
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