Uno de los argumentos más repetidos en
los últimos días por los representantes del gobierno de la Comunidad de Madrid es que
la gestión privada es más eficiente que la gestión pública. Resulta paradójico
que esta idea sea expresada en voz alta precisamente por un gestor de la cosa pública
elegido democráticamente para gestionar lo que es de todos. Aquellos que se autoproclamaron
durante toda la campaña electoral como los mejores gestores posibles, los más
dignos de confianza, los que sabían y querían gestionar de forma eficiente los
recursos comunes son los mismos que ahora se declaran incapaces de solucionar
las ineficiencias del sistema sanitario y que proponen su venta a gestores más
capaces provenientes de la iniciativa privada.
La iniciativa privada tiene como pilar fundamental
generar ganancia, esto no es ningún secreto, de hecho es el paradigma del que
emana el sistema económico actual. El objetivo es generar los mejores
productos, los más cotizados y por supuesto los que permitan obtener un mayor
margen de beneficios. Del mismo modo que nadie compraría un coche que necesita
ir al taller semanalmente, nadie en su sano juicio crearía una empresa si sabe
que va a generar pérdidas. Cualquier empresario sueña con un producto fácil de elaborar, con costes de producción
bajos, con gran demanda y precios
elevados que permitan obtener grandes beneficios en un periodo corto de tiempo,
permitiendo amortizar cuanto antes la inversión inicial. Desde esta perspectiva
no se entiende que las empresas privadas pretendan entrar en el negocio de la
sanidad pública cuando desde la propia administración se nos repite de forma
incansable que es un negocio deficitario.
La sanidad pública no es un modelo homogéneo.
En ella se atienden todos los procesos desde la prevención hasta la reinserción.
En ella se encuentran los programas de atención al niño sano y los transplantes
multiorgánicos, las campañas de vacunación de la gripe y la atención a personas
con enfermedades crónicas que requieren múltiples ingresos. En ella se
diagnostica, se cura y se cuida a cualquier persona que tenga un problema
relacionado con su salud. Sería del todo inexacto, por tanto, catalogar al
sistema público de salud como deficitario sin analizar cada una de sus partes
por separado. Podríamos determinar que los procesos agudos, que requieren de
pocos recursos para ser diagnosticados y tratados, que necesitan pocos días de
ingreso y que no dejan secuelas, son los menos costosos para el sistema de
atención especializada. En el otro extremo estarían aquellos procesos que
requieren de un mayor uso de recursos para diagnosticarlos, como pruebas
complejas, determinaciones especiales o aparataje de última generación, que
precisan hospitalizaciones prolongadas o varios reingresos y que dejan secuelas
importantes que necesitan programas específicos de rehabilitación. Lógicamente,
a la hora de plantear un modelo privado de gestión para el sistema público de
salud, éste se focalizaría únicamente en el primer caso, ya que no parece que
exista nadie dentro de la empresa privada que quiera asumir la atención de procesos
que claramente originarán costes difíciles de asumir.
El Plan de Sostenibilidad planteado por
el gobierno de la Comunidad
de Madrid define a la perfección este escenario. Los hospitales nuevos serán gestionados
por empresas privadas que asumirán únicamente la atención de los procesos
agudos, pudiendo derivar los procesos más caros, como la atención a pacientes
geriátricos al Hospital de la
Princesa o la de personas que necesitan ingresos prolongados
al Hospital Carlos III. Este solamente representa el primer paso. Las empresas
concesionarias, como empresas privadas, buscan de forma constante incrementar
su margen de beneficios, algo que, una vez concretados los procesos a atender,
sólo se puede conseguir reduciendo los costes de la propia atención, es decir,
los recursos materiales y los recursos humanos.
El sistema económico en el que estamos
inmersos reconoce los productos de mayor calidad otorgándoles un mayor precio.
No hay que retorcer mucho el argumento para concluir que, si hablamos de productos, más barato
significa peor calidad. Del mismo modo, el mercado reconoce la calidad de un
servicio dado por expertos con la última tecnología y de forma individualizada aplicándole
el mayor precio. Así, si seguimos hablando el lenguaje del mercado, disminuir el coste de la atención sanitaria ahorrando en
recursos materiales y humanos implica inequívocamente una disminución de la
calidad.
Los trabajadores del sistema público de
salud sabemos mejor que nadie que
existen múltiples aspectos mejorables. Conocemos las ineficiencias y los puntos
débiles. Desarrollamos nuestro ejercicio profesional diariamente en un medio
que tiene un amplio margen de mejora. Es este conocimiento el que nos permite
sorprendernos y oponernos frontalmente a la solución privatizadora propuesta
por la Comunidad
de Madrid.
La sanidad pública debe mejorar para dar
más beneficios a los usuarios con un menor coste para todos. La sanidad pública
lo que no debe es mejorar los beneficios de unos pocos a costa de todos, que se
parece, pero no es lo mismo.

Gracias por tu clarividente e informativo escrito, Alfredo.
ResponderEliminarMe ha enervado.
Sólo con que la ciudadanía saliera de este entuerto y de los otros en los que nos encontramos más consciente de cómo funciona la cosa, de lo podrido que está el poder, de cómo nos toman el pelo... que cambie su posición, que abandone ese pensamiento mágico donde todo se solucionaba sólo y España iba bien, que adopte no posiciones hostiles pero sí de escrutino de la gestión pública, de la política... que enriquezca su mirada, básicamente, hacia la poítica, hacia los políticos, hacia quienes un democrático domingo cada cuatro años elegimos con nuestros votos...
Sólo con eso, quizás, pensaría que hasta ha merecido la pena estar jodidos.
Pero no lo sé.
No sé en qué quedarán los vapores de todos estos movimientos. Si servirán para calar hacía arriba y hacia abajo y en cualquier otra dirección en la sociedad y que ésta cambie con respecto a su relación con la política, o sólo para conseguir más trending topics, portadas, editoriales y algunos puntos de sutura, cosas que, dadas las circustancias, en absoluto carecen de valor
Es tremenda la impunidad de los políticos para tomarnos el pelo, de los banqueros para robarnos, de los medios para mentirnos. Lo que no queda impune es que la ciudadanía sea insensible a la política, a sus decisiones, a sus virajes... como lamentable y castastróficamente estamos viendo.
Mucho ánimo y gracias de nuevo por estos afinados escritos
Saludos
Como tu dices, esta es una revolución de las clases altas. Es una apuesta manifiesta por hacerse con lo que construyeron nuestros padres y que nosotros sólamente podemos disfrutar porque pertenece a nuestros hijos. Creo que es el momento de iniciar una nueva forma de hacer política, o al menos recuperar la esencia de la democracia. La política que nace del ciudadano para el ciudadano.
ResponderEliminarLeyendo tu respuesta me asalta la duda de si realmente a estos tipos dirigentes se les puede seguir considerando ciudadanos o, si por el contrario, es todo un acierto referirse a ellos como "clase política". Aunque la etiqueta de igual, sí que podríamos decir que esta "clase" tiene unos intereses en nada definidos por los intereses de quienes, paradójicamente, les han hecho pertenecer a esa clase: sus votantes. Se han desvinculado por completo de la ciudadanía. De hecho, sus medidas claramente van en el sentido de protegerse, de resguardarse, de atacar y derribar cualquier posición excesivamente crítica y que les hiciera sentir tambalearse.
ResponderEliminar¿Realmente les interesa que vivamos "mejor", con una mejor sanidad, educación y servicios sociales que los actuales? ¿Por qué les habría de interesar? Quizás sea el momento ahora de darles una respuesta bien clara a esas preguntas.